Presentación

Hace tiempo ya que escribo en un blog. Nunca supe el alcance que éste tendría (en diversos ámbitos) pero sirvió para poco a poco ir soltándome como juntaletras. Tiempo después, y casi sorprendiéndome a mí mismo, comencé a publicar relatos que nada tenían que ver con la temática del blog inicial y a los que di rienda suelta en dicha página porque eran parte de ese mundo diferente que trataba de plasmar. Creo que ha llegado la hora de que tengan su propio espacio.

Así, traeré aquí todos aquellos relatos iniciales ya conocidos; y aquí continuaré publicando todo aquella ficción que salga de mi cabeza. Segura y desgraciadamente en el intercambio se pierdan comentarios a algunos de esos textos, anotaciones de relevancia realizados por parte de esa cuadrilla de lectores que no sé porqué rayos siguen leyendo mis cosas, pero a los que siempre estaré eternamente agradecidos. Así que damos comienzo a este blog que espero dure al menos tanto como el que le precede y al que llamaré "Un juntaletras en un mundo diferente", porque en ese mundo sigo estando.

sábado, 15 de julio de 2017

Don Blas

Don Blas era un tipo aparentemente ordinario. Trabajador, correcto, pulcro, amante de su esposa y un buen padre. O al menos eso parecía. Por cuestiones de trabajo don Blas salía a menudo de viaje. Nadie sabía a qué se dedicaba ni a dónde iba. Ni siquiera su mujer. De hecho, era el único secreto que existía en la pareja. Ella le preguntó un día al respecto y él le contestó que si lo quería confiase en él. Y ella lo adoraba, así que calló. A fin de cuentas no había nada para desconfiar de él y, también era verdad, que entraba una buena cantidad de dinero en la casa. Y callaba cuando, aunque él creyese que no se percataba, veía algunos moratones y heridas por su cuerpo. Calló incluso el día que en el fondo de un cajón y bien tapadas aparecieron unas esposas. Pero él era bueno con ella y con sus hijos. No los faltaba de nada.

Con todo, algo había en el trabajo que a don Blas no le dejaba calmar el espíritu. Y era muy religioso. Creía fervientemente en Dios e iba cada domingo a misa. Y cada semana quería confesarse. Necesitaba confesarse. Y ahí aparecía el problema. Iba de iglesia en iglesia, buscando un sacerdote nuevo que no lo conociese para poder confesarse. Pero no le duraban mucho. En cuanto empezaba a contar su colección de pecados, el cura inicialmente escuchaba con atención, luego ponía los ojos en blanco para terminar dándole la absolución con cara de estupefacción. Pero solo aguantaban unas cuantas veces. Cuando volvía y en cuanto empezaba, el sacerdote le decía "¿me va usted a contar los mismos pecados?", y ante el sí rotundo de don Blas el sacerdote empezaba a decirle que tenía que hacer propósito de enmienda, que no valía solamente con pedir la absolución. Que aquello no estaba bien. Y así uno detrás de otro. Empezó con el de su parroquia, luego la del barrio de al lado, más tarde la siguiente, para al final ir en peregrinación por los pueblos de alrededor. Cada vez era más difícil.

Así que uno de los domingos al salir de la iglesia tomó una decisión. Aquello no era correcto y tenía que cambiar. Hacer daño a la gente no estaba bien. Sabía que aunque ganase mucho dinero con ello no podía seguir así. La violencia solo engendra violencia y era cuestión de tiempo que aquella se volviese en contra suya. De hecho, un día cerca de su casa, se encontró con alguien que lo reconoció, alguien que había sufrido en sus carnes toda su dureza. Lo tenía claro. Llamaría a Madame Sophie para decírselo. Que anulase todas las citas con sus clientes. Desde ese momento dejaba el sado.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Relato de Navidad

                                                      III CERTAMEN DE RELATO BREVE "NAVIDAD SOLIDARIA" 2015

Los ojos del pequeño Lucas se salían de sus órbitas. Ni parpadeaba. Los cientos de libros que se almacenaban en las baldas en total y absoluto desorden le dejaron atónito. No sabía lo que se iba a encontrar cuando por curiosidad se internó en aquella librería. Todas aquellas estanterías que se perdían hasta el fondo, con la misma cantidad de polvo olvidado que libros soportaban, eran una visión increíble para el niño. Anduvo muy despacio por uno de los pasillos examinando todos los volúmenes de todos los tamaños que podía imaginar que iban apareciendo ante sus ojos. Hasta que una voz lo sobresaltó sacándole de su ensimismamiento
—Buenos días, muchachito ¿puedo ayudarte en algo?
El niño se volvió hacia donde había escuchado la voz encontrándose con un anciano
— ¿Has leído todos estos libros? —preguntó con cara de incredulidad.
El librero se echó a reír.
—No, amigo. Muchos sí, pero todos no.
—  ¡Pero si tienes cienes de libros…, millones! —gritó todo entusiasmado.
El viejo volvió a reír, pero esta vez tan impetuosamente que le provocó un ataque de tos. El niño se preocupó por el anciano preguntándole si estaba bien, y este le devolvió una sonrisa al tiempo que le decía:
—No nos hemos presentado. Mi nombre es Lope ¿y el tuyo?
—Es un placer conocerte don Lope. Me llamo Lucas.
Los ojos del viejo volvieron a sonreír ante la educación del muchacho y su forma de hablarle.
—Entonces ¿te gusta mi librería?
—Es chulísima. Es muy vieja, como tú.
El librero estaba asombrado de la personalidad tan viva del niño y le preguntó si podía ayudarle en algo. Este adoptó cara de pensar y tras un breve momento le dijo que quería leer un libro, pero uno entero, y muy gordo. Ante semejante respuesta estalló en carcajadas dejando al niño con cara de sorpresa. No sabía qué había dicho pero a don Lope le había hecho mucha gracia.
Cuando pudo serenarse, miró al niño, y le preguntó qué libros había leído. Tras pensar un rato le contestó que gordo ninguno. Todos eran cuentos con dibujos.
—Pues El pirata Metepatas, El rey Solito, Teo y su familia, Teo en el cole, Teo va de vacaciones, Teo en tren, Teo…
—Para ya, para ya jovenzuelo —interpeló el librero entre risas—. Te he entendido, creo que sabes todo sobre Teo. Y me hago una idea de tus lecturas.
—Y yo quiero leer otras cosas —añadió el muchacho poniendo cara de aburrimiento.
Don Lope escudriño a Lucas. El niño había despertado en él algo olvidado, en sus ojos había un brillo distinto. Le recordó a sí mismo cuando hace muchos años comenzó a leer, devorando cada libro que caía en sus manos: Y le vinieron a la mente Viaje al centro de la tierra y La isla misteriosa de Julio Verne, Sandokán de Emilio Salgari, Ivanhoe de Walter Scott,  La isla del tesoro de Stevenson… Cuántas horas de placer, siempre perdido en mundos lejanos. Sin embargo, se quedó pensando. Le hizo al niño una seña para que no se moviese y despareció tras unas estanterías tan atiborradas de libros como las que había en el resto del local.
Tras un breve momento volvió con un pequeño libro y se lo entregó. El niño lo cogió y leyó el título despacio:
—El Principito, de… —y al llegar al nombre del autor comenzó a trastabillarse.
—Antoine de Saint-Exupery —dijo el librero. Fue un piloto de aviones y luchó en la guerra.
—  ¿Qué guerra? —interrogó el niño.
—Una de las miles que el hombre ha hecho contra sí mismo. Pero da igual. Es la historia de un piloto y un príncipe que viene de otro planeta y… bueno, mejor será que lo leas. Y acuérdate siempre de una cosa “No se ve bien sino con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”.
El niño le miró con cara de extrañeza y el viejo le devolvió un guiño.
—Lo voy a leer hoy mismo, porque ¿Sabes don Lope? No tengo clase, como es Nochebuena. Espero que me dé tiempo porque esta noche vienen todos a cenar a casa.
—No corras, léelo con calma y a solas. Piensa en cada línea y viaja con el principito.
—De acuerdo, don Lope, ¿y tú con quién cenas esta noche?
El librero agachó la cabeza y dijo:
—No tengo a nadie.
Y el muchacho le dirigió una mirada de tristeza mientras le preguntaba
—Pero ¿y vas a estar solo?
Inmediatamente don Lope reaccionó al darse cuenta de la situación y soltó una gran carcajada.
— ¡Pero no, amigo Lucas, solo no! Tengo a don Quijote que vendrá a lomos de Rocinante, los tres mosqueteros pero sin D’Artagnan que cenará con su novia, Alicia con la Reina de Corazones que parece que se llevan algo mejor, Peter Pan y Wendy, Sherlock Holmes y su inseparable Watson… Ah no, amiguito, solo no. Todos estarán conmigo esta noche y será una velada espectacular.
El niño le miraba estupefacto mientras cavilaba: ¿Dónde cabrá tanta gente? Pero si esto es muy chico, y una sonrisa iba haciéndose sitio en su cara.
— ¡Guau! ¿Todos esos? ¡Qué bien!
Y el viejo asintió mientras el muchacho seguía hablando.
—Nosotros cenaremos pavo, y de postre almohadillas de crema ¡uummm!, lo más favorito del mundo para mí.
—  ¿Almohadillas de crema? —preguntó divertido.
—Siiií, son bizcochos blanditos blanditos y con crema por dentro ¡Qué ricos! —y Lucas se quedó pensativo y suspiró.
—Bueno, don Lope, tengo que irme porque si no mamá se preocupará —y se dirigió hacia la puerta. Ya se iba el muchacho con el libro en sus manos cuando cayó en la cuenta de algo importante. Se volvió hacia el librero y le dijo cariacontecido:
—No puedo llevarme el libro, no tengo dinero.
El viejo librero volvió a sonreír mientras miraba con ternura al niño.
—Es tuyo. Es mi regalo de navidad.
Lucas no daba crédito a lo que oía.
— ¡¿Para mí?! Gracias don Lope ¡es superguay! —y miraba el libro como si fuese su posesión más preciada.
Ahora sí el niño se dirigió a la puerta y, antes de salir, se volvió hacia el anciano y le dijo un ¡Felices Pascuas! que llenó de felicidad al librero.


El resto del día transcurrió sin más cuestiones destacables en la librería. Cuando iban a dar las seis de la tarde don Lope creyó que ya era suficiente. Determinó que se iría a casa dando un largo y tranquilo paseo, y luego se prepararía una buena cena. No todos los días son Nochebuena. Así, cogió su abrigo y su sombrero disponiéndose a salir a la calle. Pero al abrir la puerta se dio de bruces con una pequeña figura.
—Pero Lucas ¿qué haces aquí? —preguntó con satisfacción el anciano.
—Menos mal que he llegado a tiempo, don Lope —dijo el niño con voz entrecortada y casi sin respiración.
—  ¿A tiempo para qué?
—A tiempo para esto —y sacó de una bolsa un pequeño paquete. —Son almohadillas, don Lope. Le he contado todo a mamá y le he enseñado el libro que me has regalado, y me ha dicho que, ipso facto, le trajese un presente como agradecimiento. Y yo no sé lo que significa ipso facto pero he corrido todo lo que he podido para llegar a tiempo. Están… ¡mmmm!— y le entregó el paquetito al librero. —Así ya tienes postre para la cena de nochebuena.
Don Lope no sabía qué decir. Y, en cualquier caso, un nudo se había hecho en su garganta impidiéndole articular palabra. Ante su silencio el niño preguntó entristecido si no le gustaba lo que le había traído. Como pudo, el librero recompuso la compostura, y agachándose para estar a su altura le dio un abrazo como hacía años que no obsequiaba a alguien querido. Y así estuvieron durante unos instantes hasta que el anciano ya poniéndose en pie le dio las gracias añadiendo
—Y no solo por esto que me has regalado, sino por haber entrado en mi tienda y haberte podido conocer. Gracias Lucas —y se despidió de él.
Cuando llevaba unos pocos metros andados, la voz de Lucas volvió a oírse bien alta:
—  ¡Don Lope! ¡Dé recuerdos a don Quijote, y a Alicia y a Peter Pan…!

Y una sonrisa de oreja a oreja brotó en la cara del viejo librero. Efectivamente era Nochebuena.

martes, 19 de julio de 2016

Jolín, que niña.

—Venga papi, cuentame uno.
—Pero cariño ya sabes que no sé contar cuentos.
—¡Jo! al menos inténtalo.
—Bueno, venga. Voy a ver si me sale uno que te guste. Érase una vez un pais mágico donde habia una princesa...
—¡¿Ya estamos con los cuentos de princesas?!
—Pero vamos a ver ¿quieres o no quieres que te cuente un cuento?
—Sí, pero que yo sea una niña no quiere decir que me gusten los cuentos de princesas.
—Hija ¿Sigo o no?
—Venga sigue, pero no me va a gustar.
—¡Puf! Mira que eres difícil. En fin, que había una princesita y resulta que la pobre estaba triste...
—A ver papá. Si es princesa no puede ser pobre, y si no es pobre ¿por qué está triste?¿Lo ves? Es que no te esfuerzas.
—Cariño, en qué momento se le ocurrió a tu madre llamarte Mafalda.

domingo, 26 de junio de 2016

Una necesidad

«Tengo una necesidad. Como el bolero, vaya» pensó mientras la miraba fijamente. Y siguió, «pero una necesidad necesaria». Y sus ojos no se apartaban de ella ni un momento. Cualquiera que viese la escena creería encontrarse ante un enfermo ante tal fijación. Casi era una violación en toda regla, pero el tipo no se cortaba. En cualquier momento se abalanzaría sobre ella y entonces tendría un problema y serio. Pero allí seguía, debatiéndose entre dejarse llevar por sus instintos más bajos o levantar la vista y seguir su camino. Mierda de ciudad, él dando vueltas por toda Amsterdam tratando de evitar aquellos escaparates infernales para al final caer en la tentación. Finalmente no se lo pensó más veces y se adentró en el local. Un rato más tarde salía con la necesidad cubierta pero atormentado por un sentimiento absoluto de culpabilidad. Porque ahora si que tenía un problema, y muy serio. A ver cómo le contaba a su nutricionista que aquellos grandes pancakes, con su irresistible color dorado y su azúcar glas por encima, le atraparon totalmente. Pero era una necesidad. Y necesaria.

martes, 14 de junio de 2016

La playa

Se había quedado prácticamente solo en la playa. Sentado en la orilla, viendo como las olas iban y venían rompiendo suavemente sobre sus pies. Aunque el sol se había puesto, las últimas luces del día luchaban por no desaparecer. Una agradable brisa marina le hacía encontrarse a gusto después del calor del día. No pensaba en nada, simplemente se dejaba llevar por el momento, por las sensaciones que le transmitían el tacto de la arena, el roce del agua y el aire en la cara. Pero lentamente una imagen fue apareciendo en su mente. Otro instante ya lejano, un recuerdo grato, similar al que vivía en ese momento, pero con alguien entre los brazos. En aquel entonces el sentimiento era mucho mayor, pleno de matices; sensaciones tan diversas y todas a un tiempo difíciles de describir. Y sin ganas de hacerlo, solo de sentir. Porque el tiempo pasa y con él la experiencia vivida, y como tal no hay que dejarla escapar.

Cuarenta años de aquello y parece que fue ayer mismo. La misma postura, sus brazos rodeando el cuerpo de él, el pecho en su espalda, el olor de su nuca, la arena, el mar y la brisa. Todo igual. Pero no, nunca será igual. Siempre faltará el. Podría haberle dicho que se quedara, que quería saber lo que podría venir después, si habría algo más, mucho más, o si simplemente algo sencillo entre dos con ganas de vivir. Pero le dejó marchar. Y allí estaba, recordando y llorando la ocasión perdida.

La noche había impuesto su oscuridad solo rota por la tenue iluminación del alumbrado proveniente del paseo. Aquellos recuerdos se agolpaban en su memoria. Aunque ahora el sabor era agridulce. Eran otros tiempos, y aquella conducta despreciable. Pero solo era algo hermoso entre dos personas que se amaban. Y pudieron más las consecuencias que lo que había entre ellos.

Aquella noche de hace cuarenta años se miraron a los ojos sabiendo que era la última vez. Sabiendo que tendrían que olvidar todo aquello; pero allí estaba él recordando y llorando la ocasión perdida de haber sido feliz.

viernes, 10 de junio de 2016

Querido marido

Querido marido:

Solo unas pocas palabras para decirte que me voy. Que todo cansa y todo tiene un fin. Que te he querido, y te lo he demostrado a lo largo de estos interminables años de hastío, de aburrimiento, casi de indiferencia del uno por el otro. Pero te he querido. Y no, no eres tú el único culpable. No puedo hacerte responsable solo a ti ya que yo decidí estar contigo. Pero no puedo más. Me ahogo, y necesito volar. Y no, tampoco creas que hay alguien más. No te cambio por otro. Pero es que tú me aburres, me cansas, me tienes harta… Vamos que ya no te aguanto; que eres insoportable; triste, muy triste; y, sí, tonto pero muy tonto. Pero yo te he querido, soy así.
En fin, cariño, que ahí te quedas.

Tu esposa, la que casi te odia, pero con cariño.

miércoles, 8 de junio de 2016

She's a Rainbow

Siempre me siento en el mismo banco del parque. Está lo suficientemente alejado para no oír el ruido de los coches que pasan cerca de él pero tampoco excesivamente aislado como para sentir una soledad agobiante. Me gusta leer allí. Y si el día es soleado me puedo pasar las horas muertas. Muchas veces dejo el libro y me entretengo en meditar. Hay tantas cosas en el mundo a las que no echamos ni siquiera una ojeada y que bien merecen una reflexión. O directamente escucho música, mis adorados Rolling Stones. En cualquier caso es tonificante.

Uno de los aspectos interesantes del lugar es que generalmente estoy solo. Algún paseante, alguna parejita atontolinada o algún corredor pueden transitar por este lado del parque pero generalmente me encuentro solo. Y me gusta. Porque, sinceramente, lo que no me gusta es la gente. Llamadme raro pero soy así. A estas alturas de mi vida ya no va a venir nadie a cambiar nada. O eso crees. Porque ahora sigo con mi rutina. Pero durante un tiempo no fue así. Alguien vino a trastocar mi sencillo día a día.

Todo cambió aquella mañana que llegó ella. Precisamente en mis cascos sonaba She's a Rainbow, con aquel piano que anticipa un pop luminoso y colorido. Y apareció ante mis ojos.

"Ella llena de colores todos lados
Ella peina su cabello
Ella es como un arco iris
Llegan colores en el aire
Oh! por todas partes
Ella llega en colores..."

Casi que la música que sonaba en mis oídos parecía la banda sonora de ese momento. Caminaba con paso tranquilo, como si el tiempo no importara. Se sentó en un banco frente al mío. Y junto a ella un enorme perro que se tumbó a su lado. El sol incidía directamente sobre ella. El otoño iba entrando pero aún hacia cierto calor. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos, y se dejó llevar por su calidez. Y así pasó un rato hasta que sacó de su bolso un pequeño reproductor del que comenzó a sonar música. ¿Los Beatles? Sí, eran ellos. Baby, It's You. Preciosa canción.

"No es la manera que sonríes lo que conmueve mi corazón
(sha la la la la)
No es la manera en que besas lo que me deshace..."

Preciosa canción, sin duda. Y curioso. Yo escucho a los Rolling Stones y ella a los Beatles. Quizás debería decirla algo. Acercarme y alabar su gusto musical. No sé, algo. Parece una chica interesante. Pero ¿y el perro? Deja deja, no sea que el animalito me pegue un susto. Y sin embargo ella es..., vaya, no sé. Pero dejé pasar la mañana. Y obviamente se fue.

Al día siguiente volví a mi banco y me enfrasqué en la lectura de mi libro. Al rato me sorprendí a mí mismo mirando el banco donde mi desconocida se sentó el día anterior. Sinceramente no esperaba mi reacción, como tampoco esperaba volver a verla. Pensé que solo había sido algo anecdótico. Pero no. Sí que volvió. Hizo su aparición por el fondo del camino, con su andar pausado, llenando a su paso todo de color. Y sin perro. Y yo sin poder dejar de mirarla durante todo el trayecto que la llevó hasta el banco donde se había sentado la mañana anterior. Y repitió los mismos gestos. Se recostó dejando que el sol bañase su cara y un rato más tarde volvió a sacar el aparatito de música y volvieron a sonar los Beatles. Entretanto, yo me parapetaba tras mi libro sin poder quitarla ojo. Pero nada más.
Y así evidentemente volvió a transcurrir la mañana y terminó por irse.

Se sucedieron los días y siempre aparecía por el fondo del camino, cumpliendo con su ritual y llenando de color el momento. Y mientras yo fui incapaz de decirla ni la más mínima palabra. Solo la miraba, tumbada al sol, escuchando su música. Pero en mi cabeza únicamente resonaba

"Ella llena de colores todos lados...
Ella es como un arco iris"

Y se me iban las horas. Y los días. Hasta que dejó de venir. Y ya no hubo color. Esperé durante un tiempo pero no volvió. Así que he vuelto a mi rutina, a mi vida sin cambios. O quizás sí haya alguno. Ahora en mi pequeño reproductor solo suenan ellos, será que la echo de menos.

                                                                                                   Publicado el 11 de noviemnbre de 2015